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Ayer también me dolía el cuello. Ayer sólo podía mirar de frente. Por suerte se desplegó una familia delante de mí con una mesa unida a otra y a otra, con las diferentes generaciones encadenadas compartiendo merienda en un restaurante. Mis ojos podían hacer un recorrido indoloro desde la mesa de las viejas hasta la de los niños. En el centro, haciendo equilibrio, una joven esperaba a que la hablasen sin levantar la vista y creo que sin respirar. Ya casi estoy sentada con ellos, ya casi les conozco. |