La soledad del monte me sobrecoge un poco. El sol está ya casi apoyado y la temperatura es perfecta. Un aire suave balancea las plantas que iluminadas a contraluz y perdido su tallo con los colores del suelo, parecen estar suspendidas, como un camino encendido de guías que se ha propuesto perdernos.
Los matorrales, las piedras y el polvo... cierro los puños y camino concentrada creyendo imitar al aprendiz Castaneda.
Es equilibrio lo que se respira aquí. El horizonte lo dibujan y desdibujan montes lejanos que giran sobre mi. Estoy en el centro de todo. Yo soy el centro.
Es hora de volver a casa.